Jesús Silva-Herzog Márquez
John Stuart Mill fue un experimento. Su padre, James Mill, el máximo discípulo y compadre de Bentham, ensayó su filosofía en él. La ciencia, convertida en pedagogía, mostraría las infinitas posibilidades de la razón. Los primeros recuerdos de su infancia no son juegos ni canciones sino unas tarjetas que contenían palabras griegas. El niño, estrictamente disciplinado por su padre, tenía que memorizar los vocablos. A los tres años pudo leer las fábulas de Esopo en su idioma original. A los ocho, cuando ya había leído toda la obra de Herodoto y de Platón, empezó a estudiar latín. El entrenamiento, por supuesto, implicaba el rechazo de la educación escolar, el contacto con otros niños y las lecturas infantiles. Lejos de esas influencias nefastas, el niño caminaba todos los días a lado de su padre conversando sobre las lecturas del día anterior. El prodigio lo absorbía todo. Historia, matemáticas, filosofía, lógica.