Nos enteramos estos días de que, respondiendo a la enorme demanda social, se está comenzando a redactar una Ley de muerte digna. Al margen de las implicaciones políticas y sociales que tal cosa pueda tener, la noticia da pie a una reflexión que, al menos a mí, me resulta bastante oportuna: los hombres necesitan una vida digna.
Solamente alguien que no ha descubierto el significado profundo y verdadero de la vida (con todo lo que conlleva, incluyendo el amor pero también el dolor y el sufrimiento), únicamente quien no conoce el verdadero sentido de la existencia cometería la insensatez de querer morir dignamente (entendiendo aquí eutanasia, eufemismo para suicidio asistido). A esto nos lleva Occidente y su deriva hacia un mundo perfectamente técnico y mecánico, donde todo funciona a la perfección (hasta que llegó la crisis) pero muy poco es verdaderamente humano.
El mero hecho de que a alguien se le pueda ocurrir siquiera legislar acerca de la eutanasia no siendo para prohibirla es signo de que la trama cultural de Europa y, en particular, de España, está a punto de tocar fondo. Los europeos de nuestro tiempo necesitan desesperadamente volver a encontrar algo por lo que vivir, algo o alguien a quien estar agradecido a pesar de todo. Como dijo el profesor Fuentes hace poco más de un mes: "la sociedad en que vivimos sólo se puede salvar partiendo del agradecimiento, del pecho de cada uno".