
DIOS NO ES PROBLEMA
Roberto Lanzilli
Muchos creyentes, a menudo eclesiásticos, han sido insignes científicos. Eso demuestra que entre ciencia y fe no hay oposición
Ya que cada vez con más frecuencia se quiere afirmar con obstinación que la Iglesia ha sido enemiga de la ciencia, es importante mostrar la fuerte vinculación positiva, o mejor, vital, que hay entre ciencia y fe, sobre todo si se trata de la fe católica. Es más, en la historia, ha sido justamente esta relación la que ha permitido el nacimiento y el desarrollo de las ciencias y de la técnica en una perspectiva de conocimiento de lo creado y de búsqueda del bien común.
Veamos, pues, algunos nombres escogidos más significativos, seguidos, si son sacerdotes o religiosos, del símbolo de la cruz.
Ya en el «oscuro» Medioevo podemos señalar en Hildegarda de Bongen † (1098-1179), benedictina, a la primera naturalista del mundo por sus estudios de botánica, que incluían el uso curativo de las hierbas. Leyendo a Dante, comprendemos que los medievales sabían que el ángulo de inclinación del eje terrestre determina la alternancia de las estaciones, hecho decisivo para la vida del planeta Tierra.
No olvidemos a san Alberto Magno † (1200-1280), gran biólogo, filósofo y maestro de Sto. Tomás de Aquino, conocido como Doctor Universalis y proclamado patrono de los cultivadores de las ciencias naturales en 1941.
Prosiguiendo, damos con Roberto da Grossatesta † (1168-1253), precursor del método experimental, y con Rogelio Bacone † (1214-1292/4), alumno suyo, conocido por sus estudios de matemáticas y de óptica. Precursores del heliocentrismo y de la gravedad son Nicolás de Oresme † (1323-1382) y Juan de Buridano †, que siguieron a Aristóteles. Continuando con los eclesiásticos: Mateo Ricci † (1552-1610), que fue científico poliédrico y profundo conocedor de la cultura china; Nicolás Copérnico †, que dio nombre al sistema heliocéntrico; Nicolás Stenone † (1638-1686), que se distinguió en anatomía y geología; el conocido biólogo Spallanzani † (1729-1799); y el insigne astrónomo, contemporáneo suyo, José Piazzi †.
Otros científicos creyentes fueron Pascal, Galileo, Descartes, Leibnitz, Newton, Galvani y Volta.
Pero prosigamos con Ángel Secchi † (1818-1878), pionero de la astrofísica; Eugenio Barsanti †, inventor del motor de explosión, y el poliédrico Faá di Bruno †. ¿Y qué decir del genial Gregorio Mendel †, que, aplicando el álgebra, puso las bases de la genética? El vulcanólogo y sismólogo más insigne fue José Mercalli † (1850-1914), del que toma nombre su escala. Pensemos en Francisco Dezza †, precursor de la meteorología; en Jorge Lemaître †, que modificó las ecuaciones de campo gravitacional de Einstein; en Florenskij †, considerado el Leonardo da Vinci ruso; en D. Perignon †, el famoso enólogo; en Heisenberg; en Einstein, no católico pero creyente; en Maxwell. Sin olvidar los premios Nobel Fermi, Eccles y Carrel.
Es fácil, en este momento, intuir que la lista podría continuar aún, pero consideramos que lo dicho es más que suficiente para demostrar que ciencia y fe son conciliables.
CIENCIA Y FE
«Una de las cosas que nos han pedido indagar [está hablando uno de los más prestigiosos intelectuales chinos] es qué ha permitido el éxito, o mejor, el primado de Occidente sobre el resto del mundo. [...] Al principio pensamos que tal vez porque teníais armas más potentes que las nuestras. Luego pensamos que teníais un sistema político mejor. Después pensamos que debido a vuestro sistema económico. Pero en los últimos veinte años hemos comprendido que el corazón de vuestra cultura es vuestra religión: el cristianismo. He ahí por qué Occidente es tan poderoso. Las bases morales cristianas de la vida social y cultural han sido las que han permitido que surgiera el capitalismo y luego la exitosa transición hacia políticas democráticas. De esto no tenemos ninguna duda».
Rodney Stark