Instituto John Henry Newman, Universidad Francisco de Vitoria

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FRENTE AL MILAGRO

Giuseppe Tanzell-Nitti


A la ciencia no le compete indagar los milagros, pero puede reconocer un suceso inusitado, que sorprende mucho más allá de un simple desconocimiento actual de sus causas.

Algunos de los sucesos que subjetivamente (y sinceramente) consideramos milagros podrían tener una explicación que no requiera ninguna causa sobrenatural. En efecto, es posible que una curación inesperada, pedida con corazón sincero a Dios por parte de un creyente, se haya realizado gracias a la sola capacidad de recuperación del organismo del enfermo.
Pero aplicar esta lectura a lo que la teología llama milagro es un error. La encarnación de Cristo y los milagros realizados por él o por otros en su nombre, son, como toda la historia de la salvación, una irrupción de Dios en la existencia de los hombres. Los milagros se presentan con el carácter de la inmediatez, como sucesos instantáneos que se colocan por encima del curso de la naturaleza, situando al hombre frente a su responsabilidad de reconocer en ellos la presencia y la huella del Creador.

El milagro no es objeto de la ciencia. El juicio de «reconocimiento» del milagro no le corresponde a la ciencia, dado que el milagro no es objeto suyo, sino de la teología y de la religión. En efecto, cualquier definición de «milagro» contendrá siempre una referencia a Dios como sujeto agente, lo cual dispensa a la ciencia del peso de la prueba, tratándose de un agente que no pertenece a su dominio de investigación.

La ciencia y los hechos milagrosos

Frente a un suceso cuyas características, causas, modo de suceder, etc. conoce bien la ciencia, y que, sin embargo, se ha realizado de modo diverso a lo habitual, con características que le resultan inexplicables, la ciencia:
1) puede llegar a la conclusión de hallarse ante un suceso cuyas causas le son desconocidas;
2) puede ir un poco más allá. De hecho, en algunos casos el reconocimiento científico puede concluir que se halla ante un suceso inusitado, que contradice la experiencia común, que sorprende mucho más allá de lo que sugeriría una simple ignorancia de las causas de un hecho: es lo que sucede, por ejemplo, en la curación instantánea de una grave malformación congénita o cuando un fenómeno irreversible se vuelve reversible (por ejemplo, si un muerto vuelve a la vida).
En cambio, si las características del suceso en cuestión no son, en general, bien conocidas, el científico podrá expresar un juicio prudente y afirmar simplemente que, en base a los conocimientos adquiridos hoy, un cierto hecho resulta inusitado e inexplicable.


Estamos llamados a tomar posición

Ante el milagro, el individuo ha de tomar una decisión, colocándose, con su conciencia y su responsabilidad, frente al misterio de la existencia de Dios. La persona puede reconocer un hecho inusitado como suficiente o insuficiente para determinar una revelación de Dios, pero si asume su correspondiente responsabilidad. Esta será tanto mayor cuanto más claro aparezca el signo propuesto a su atención. De hecho, hay sucesos cuya causa hoy no se conoce, pero podría conocerse en el futuro; otros que se imponen por su carácter inmediato y contrario a la experiencia común, y otros que no podrán explicarse ni hoy ni nunca recurriendo a causas naturales, sino que se imponen como una acción de Dios en la historia. Este es el caso, fundamental y esencial, de la resurrección de Jesucristo, acción de Dios por excelencia, frente a la cual todo hombre ha de tomar posición responsablemente. En general, cada uno, en su corazón, es libre de reconocer la intervención de Dios en un hecho extraordinario y no explicable naturalmente, sobre todo si ha sido testigo de él. No creer en él no sería una falta de fe, ya que el objeto de la virtud de la fe es Dios, no los milagros.
Pero, justamente porque el objeto de la fe es Dios, por lo que respecta a Jesucristo y a los milagros realizados por él, existe un deber de creer. Como decía Kerkegaard, «el hecho que se te haya anunciado el cristianismo significa que tú has de formarte una opinión sobre Cristo [...]; es la decisión de toda la existencia». Podemos evitar preguntarnos sobre cuestiones irrelevantes, pero no podemos dejar de interrogarnos sobre este tema, ya que de él depende el sentido de toda la existencia. Jesús mismo pide a sus discípulos creer en Él, al menos a causa de las obras que ven.

Disposiciones de ánimo para creer en los milagros

Para reconocer un milagro, es necesario un corazón humilde. Los que albergan prejuicios o aversión contra Dios no podrán reconocerlos, como les sucedía a algunos contemporáneos de Jesús, los cuales veían sus intervenciones prodigiosas, pero no creían en él como Hijo de Dios, pensando, a causa de la dureza de su corazón, que estos prodigios dependían de Satanás o de otras fuerzas.


Hechos inexplicables para la ciencia

Para volver a ejemplos de sucesos que la ciencia no puede ni podrá explicar nunca, en Lourdes la Iglesia ha reconocido unas sesenta curaciones milagrosas. Entre las más conocidas, hay que mencionar la de Marie Ferrand, una enferma de peritonitis tubercular, seguida personalmente por el médico agnóstico Alexis Carrel (1873-1944), premio Nobel de medicina en 1912, testigo ocular en 1902 del suceso, que luego se revelaría determinante para su conversión al cristianismo.
Las curaciones inexplicables, en los casos más frecuentes, se relacionan con diversos tipos de neoplaxias, esclerosis y tuberculosis pulmonares, pero también se registran curaciones inmediatas de fracturas abiertas y de ceguera.
Alfred Läpple ha reconstruido más de veinte milagros sucedidos en varios lugares, de los cuales se tiene documentación histórica.
Para poner sólo tres ejemplos, podemos citar la resurrección del adolescente de catorce años Girolamo Gerin, que se ahogó en 1623 en Ornay, cerca de Ginebra, sucedida al día siguiente del hallazgo del cuerpo, después de pedir la intercesión de san Francisco de Sales (1561-1622). Es un milagro que el papa Alejandro VII (1655-1667) pudo formalizar con ocasión de la canonización del santo francés. Es muy conocido también e históricamente bien documentado por autoridades gubernativas y civiles el milagro de Calanda (Teruel), del que fue protagonista en 1640 un joven español, Miguel Juan Pellicer, al cual le creció de un modo inexplicable la pierna derecha, tres años después de habérsele amputado a causa de un grave accidente.
Por la amplitud de la devoción y la relativa inexplicabilidad del fenómeno, hay que recordar también la insólita formación de la imagen de la Virgen de Guadalupe, aparecida en 1531 en un tejido burdo de tela de yute como prueba de los mensajes de conversión espiritual entregados al indio Juan Diego, y que hasta hoy permanece en buenísimo e inexplicable estado de conservación.

 
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