Instituto John Henry Newman, Universidad Francisco de Vitoria

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Crisis del arte, crisis de fe

Mauricio Blondet

La fe en Cristo hace degustar toda la creación, también lo más tangible, lo más humano. El arte es prueba de ello. A través de él se ha podido vislumbrar un nuevo significado de la vida, un nuevo sentido de nuestra existencia. Pero, ¿y cuando el arte no dice nada, no explica nada, no es nada? ¿No será que ese vacío es espejo del alma?

¿Por qué ha nacido el arte abstracto? ¿Cómo es que tanta pintura contemporánea rechaza ser figurativa, de pintar figuras, y especialmente la figura humana? Se suele responder que ha sido la máquina de fotos la que ha puesto fin a todo realismo en el arte. Para sobrevivir a la "reproducibilidad técnica" de la realidad, el artista ha debido revolucionar su lenguaje hacia lo informe. Pero un gran crítico de arte, el austriaco Hans Sedlmayr ha dado una respuesta más inquietante: ha visto en la desembocadura de la pintura hacia loa abstracto y lo informe el síntoma de la profundísima crisis espiritual -o sea, religiosa- del hombre de hoy. Esta crisis se revela en constantes tendencias. La primera y más importante es la tendencia de las artes contemporáneas a "separarse en esferas puras". ¿Qué quiere decir? Vamos a verlo.



Durante siglos, los pintores no han dibujado lo que les pasaba por la cabeza. Giotto y Miguel Ángel dibujaban personajes que pedían quienes encargaban las obras, y a menudo era la Iglesia, alguna vez un señor o el rey. Y sobre todo la iglesia -entendida como tema artístico- era el lugar que concentraba en ella todas las artes: arquitectura y pintura, arte del cristal, el cincel y el tapiz, e incluso la música (el canto gregoriano), todas cooperaban para hacer de la iglesia no un edificio cualquiera, sino un centro de la fe viviente del pueblo. La Iglesia servía a Cristo Eucarística y las artes servían a la Iglesia, cada una a su manera, en igual jerarquía. La pintura de Giotto y Miguel Ángel contaban historias: historias sagradas. La Crucifixión, la expulsión del Edén, la Deposición, la Natividad. Leonardo y Rafael pintaron también retratos de grandes señores y de Papas. Todos ellos, en cualquiera caso, tenían una idea algo modesta de su arte: la consideraban un instrumento para "representar", no un fin en sí misma. Más o menos una glorificación del "yo" subjetivo. Pero a partir del siglo XIX, los pintores han pretendido exprimir el arte en cuanto tal y a pretender exprimirse a sí mismo. El arte puro. ¿Qué hay de impuro en los cuadros de Giotto? Sólo para comenzar, el sujeto. El pintor "puro" quiere ocuparse del dolor, no de Crucifixiones ni de Natividades. Poco a poco, en el siglo XIX, la "Virgen con el Niño", pasa a ser "Maternidad", y después se seculariza definitivamente en "Mujer que da de mamar", y finalmente en el siglo XX se descompone en "Formas coloradas en el espacio dinámico", o algo por el estilo. El rechazo del sujeto es radicalmente el rechazo de cualquier significado más allá de lo meramente visible. "El pintor ve sólo lo que es exterior", dice Sedlmayr. Todo significado superior, lo mítico y lo trascendente, lo alegórico o histórico, viene excluido. Cèzanne dibuja lo que el ojo ve sin la intervención de la inteligencia. Por primera vez el arte separa los sentidos del espíritu, una separación que las ideologías materialistas típicas de la modernidad (del psicoanálisis al marxismo) sancionarán más tarde. El arte, en definitiva, es un síntoma precoz. Su enfermedad preanuncia todas las demás enfermedades de la modernidad.

Los cuadros de Giotto y Rafael contienen elementos que no son propios de la pintura: contienen "arquitectura", bajo forma e ilusión espacial, de prospectiva. Sus figuras se mueven como sobre una escena teatral, sobre varios planos de un paisaje natural que es "posible" tocar incluso en las distancias azuladas de Leonardo; pero la pintura que se llama "pura" rechaza esa ilusión "táctil". No se ocupa de cuerpos (es el campo de la escultura), y por lo tanto evita cualquier profundidad. La pintura contemporánea, por que quiere ser autónoma, autárquica, absoluta, pasa a ser plana. Por eso encontramos los cuadros coloreados (repletos de colores puros, o sea, elementares) de Mondrain, lo informal en Paul Klee, las formas cómicas e infantiles de Miró. Pero los últimos artistas han ido más allá: su arte es tan puro, que rechaza al público. ¿Qué tiene que ver el público con la pintura? He aquí por qué el arte de hoy lo molesta, los "disgusta" a propósito (como hizo Marchel Duchamps). El arte puro se hace, literalmente, no visible.
Es una parábola triste que un católico debería reconocer. Desde hace dos siglos, el arte, como Lucifer, ha pronunciado su "non serviam" (no serviré); y como él ha dejado una larga estela de fuego y humo, al inicio maravillosa, pero al final un carbón ennegrecido; la bella inteligencia reducida a un balbuceo pueril, la voluntad de auto-expresión autónoma y libre de cualquier yugo, reducida a la insignificancia demente, elemental. Del orgulloso "non serviam", la caída se ha concluido en la no-servicialidad. El arte contemporáneo no sirve para nada y para nadie, no satisface ninguna exigencia del hombre de hoy.
Pero cuántas cosas de nuestra civilización han sido arrastradas en esa caída. El arte "puro" ha sido seguido de otras temibles voluntades de "pureza". La raza "pura". La ciencia "pura" libre de todo freno moral. Robespierre quiso una religión "pura", el deísmo; y todavía hoy tantos bueno cristianos quieren purificar las iglesias de todo el oro, ornamento o dibujo que sostenga al alma hacia lo invisible. Con todo Sedlmayr señala aquella "turbación primaria"que consiste "en el esfuerzo hacia la autonomía del hombre, es decir, hacia el hombre puro y el Dios puro, con la eliminación en el hombre de aquello que es sobre natural, y en Dios de aquello que es personal". ¿La soberbia y el odio de Cristo-persona serían el mensaje secreto del arte contemporáneo?

 
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